Por el lápiz de mi falda

La primera vez que me compré una falda tubo (ahora la llaman falda lápiz, queda más chic) fue en París. Me tuve que ir a un outlet que hay en Versalles, La Valleé Village, porque tenía un presupuesto de 25 euros, incluída la botella de agua pequeña que, en la ciudad de la luz, cuesta lo que aquí un bocadillo de lomo y un botellín. Y me vine como me fui. Yo pensé que aquello era como el mercadillo de Alcosa, pero en el icónico París. Tararí que te ví. Ni falda, ni lápiz ni ganas de vivir.De vuelta a Sevilla me fui a Galerías Madrid, una tienda de las de toda la vida, pero hecha pa mí. Y me compré un retal de seda negra y una modista amiga de mi madre me hizo una copia de una falda lápiz de un figurín. No os puedo explicar lo que sentí. Eso sí, lo que se me jodieron fueron los andares cuándo me la coloqué y salí: me daban las piernas lo justo para ir de adoquín en adoquín y andaba ridícula como si fuese un maniquí. Al aligerar el paso para coger un taxi, me caí, con tan mala suerte que se me rajó la cremallera de la falda y entonces me acordé de París y de la madre que parió a la cuna de la moda, mientras me asomaban las bragas y me cagaba (y que me perdone) en Dior y en la madre que lo parió.
Ser diva es duro, esa es la verdadera conclusión. Porque por delante iba mona pero por detrás, rota la cremallera, se me veían unas bragas con emoticonos amarillos de algodón.
Lo que de mí pensaron los dos guiris que me ayudaron a levantarme, sépalo dios.
Todo muy yo.